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Lunes 25 de Marzo 2019

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Trabajar en call center mandó a jóvenes al psiquiatra

Foto: Pixabay Foto Capital Media
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13 de Febrero 2018
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El horario de almuerzo y los minutos que uno pasa en el baño están cronometrados

Mariano, Magui y Lourdes terminaron acudiendo al psiquiatra luego de trabajar como operadores en un call center en Argentina, uno de los lugares de trabajo más comunes entre los jóvenes.

Jornadas de seis horas, 15 minutos para comer y atender hasta 150 llamadas hicieron que estos jóvenes perdieran el control de sus vidas.

El horario de almuerzo, el tiempo que tardan en resolver el problema del cliente, lo que demoran en calmarlo y los minutos que uno pasa en el baño están cronometrados.

Los jefes son líderes, los grupos de trabajo se dividen en islas y los errores se dividen en fatales y no fatales. La empresa promete una posibilidad de ascenso, de crecimiento y de hacer carrera, la cual no llega o se da sin ningún aumento salarial, sólo más trabajo.

“Llegaba a mi casa y no me podía desconectar. Me acordaba de algún diálogo con un cliente”, contó Mariano al portal VICE Argentina.

Los primeros meses en el call center, atendía 100 llamados, después no llegaba a los 30. Las discusiones con los clientes y los insultos que recibía lo afectaban dentro y fuera de las seis horas en su isla, hasta que un día no pudo más y colgó el teléfono a uno de ellos, lo que fue un “error fatal”.

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“Nosotros en todo momento tenemos que tratar de sacar al cliente de ese estado violento, usar todas las herramientas para que se calme”, dijo su líder, quien como castigo le quitó sus días de descanso.

Mariano tuvo que pedir tres meses de licencia psiquiátrica, una vez cumplido el plazo volvió, aunque tiempo después se decidió a renunciar.

Otro caso es Magui, quien llamaba e intentaba convencer a un cliente descontento de que continuara con la compañía de telefonía móvil. “Era un ente productivo, me extinguí como persona”, dijo la joven.

La ansiedad de trabajar ahí comenzó a controlarla, primero, con chocolates y comida chatarra; después cayó en las drogas. Su paciencia estaba entregada al trabajo. No había nada más fuera del call center. La relación con sus amigos y sus familiares cambió.

En una ocasión, su líder de turno le dijo que le faltaba “compromiso” con su equipo, después de que se encerró en un baño del trabajo para llorar por la presión.

Un lunes, horas después de registrar su asistencia al trabajo acudió a Recursos Humanos y presentó su renuncia. Pasó un mes para que saliera a buscar trabajo por miedo a no resistir la presión de otra empresa; le habían hecho creer que lo que vivió en el call center era normal.

Por su parte, Lourdes laboró en Action Line, empresa que atendía a clientes de Visa, su sufrimiento es igual al de sus compañeros. La ansiedad y presión se hicieron sus enemigas, llevándola a acudir con un psiquiatra.

Al final, todos renunciaron, después de un descanso, consiguieron otro trabajo, y no volvieron a tener problemas. Aseguran que, volverían a un call center como último recurso, ni no hubiera “más opción en su vida”.

Estos jóvenes revelaron que en los centros donde laboraron, los derechos laborales son premios. En un call center el que mejor trabaja tiene las fechas de vacaciones que aspira y los descansos que nunca deberían ser rechazados.

Semanas después de sus renuncias y un breve descanso, Magui, Mariano y Lourdes consiguieron trabajo en otro lugar, y regresar a un call center lo tienen como su última opción.

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GG

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